Concurso de relato breve

Seis alumnos de 2º de ESO han participado este sábado en la 57ª edición del concurso literario más antiguo en España patrocinado por Coca-Cola. Os dejamos sus relatos para que los leáis.

UN VIAJE REFULGENTE

Llueve. Estoy sentada en el primer vagón del tren de cercanías. Estoy cansada y mareada. No sé qué hice anoche. Me llamaron de la editorial a la que envié el manuscrito, mas no sé si es para agraciarme con una gran aceptación o estamparme hoja por hoja en la brillante frente manchada de gotas de sudor por lo sucedido de anoche, de lo cual aún no me he recuperado. Solo recuerdo haber empezado a beber una copa de vino blanco para celebrarlo y…

– Señorita –oigo una voz llamándome con aires superficiales– Señorita –vuelve a reclamar.

– Perdone, de verdad, estoy muy distraída y verá –me corta.
– El billete o pasaje.

– ¡Ah sí! – se lo entrego.

Cuando esto sucede y termina de chequearlo, me lo vuelve a entregar. Guardo el gran billete – para algo tan pequeño como este tren – en el bolso de imitación, en fin, no puedo tener uno mejor, el presupuesto me llega al límite para el alquiler. Apoyo la cabeza delicadamente sobre el frío cristal. Está helado y empañado por la desagradable humedad de fuera. Miro el sórdido paisaje a la par de querer concentrarme en algo que no sea lo de la editorial, me está volviendo muy paranoica a la par de estar poniéndome muy excitada y nerviosa, al borde de la locura, cualquiera que me vea diría que estoy borracha, o directa para ir al manicomio. Cuando me quiero dar cuenta me estoy clavando las descuidadas uñas en la seca y deshidratada palma de la mano. Me he hecho unos rasguños. Paro y pienso en la mítica frase: Alea Jacta Est. Ya no hay vuelta atrás y tengo que estar preparada para lo que toque. No estoy preparada pero tengo que estarlo. De mientras pido algo. Una Coca – Cola con Vodka. Mientras me la traen vuelvo a poner la cabeza sobre el helado cristal, y esta vez pienso en uno de los cuadros que ha inspirado una de mis historias. “Los jugadores de cartas” de Cézanne, publicado en el 1890. Realmente fue un cuadro que me causó mucha intriga e inquietud, no sus magníficas amarronadas pinturas confeccionadas a la perfección, sino su significado. Un significado que – no es por echarme flores – yo misma descubrí. Fui a una cutre exposición de arte a la que me invitaron unos con los que ya no establezco contacto, pero gracias a eso conseguí ver este ambicioso cuadro que tantas contradicciones personales me causó. Me traen la bebida. Cuando lo hacen dejo de pensar en ello por un momento y me sirvo la fría bebida sobre la caliente bebida. Le doy un trago a la bebida premezclada y noto como su fría y ardiente temperatura fluye por mi garganta despacio y esta me crea una sensación de euforia y consigue que me refulja de “mis cenizas”, solo, por un momento.

Vuelvo a apoyarme contra el cristal y sigo pensando en el cuadro. Todo tiene un significado en él, desde la pipa que se fuma el hombre de la derecha hasta de la forma de sentarse que tienen. Respiran tensión. Los hombros. Respiran tensión, me digo una y otra vez. Cada jugada cuenta, cada movimiento cuenta, cada mirada cuenta, hasta el último suspiro cuenta. Si uno suspira, el otro jugador lo notará, y sabrá que o bien perderá la partida o bien la ganará. Cada movimiento cuenta. Cada movimiento en falso se le echará todo a perder. Cada jugada cuenta. Si uno pierde se ensañará en fracasos y decepción, mientras que el ganador se envolverá en la más alegre y dulce victoria. Así me siento yo. Quisiera envolverme en la más deliciosa victoria y poder gozar de la publicación del libro, celebrándolo descorchando la botella de Champagne, al igual que haría el jugador ganador de cartas, mientras que el otro se aguantaría con el cigarrillo prendido en mano, desgastándolo sin sentido, mientras que le daría vueltas a la copa de vino solo para matar el tiempo y hundirse en la más mísera desgracia. Tengo que subir a lo más alto, y ganar esta partida de cartas a la par de conseguir la publicación. Cézanne me dio una esperanza, su cuadro me dio esperanzas, y eso me ha cedido esta oportunidad. La voy a aprovechar. Haré todo lo que pueda en la entrevista, lo sé, lo conseguiré, eso sí, siempre apartándome de mi sordidez y embarcándome en lo mas alto confiando en mí, como hacen los jugadores de cartas, a sabiendas de que si ganan, estarán genial, y si no, aceptarán su derrota. O por lo menos lo intentaré.

Abro los ojos cuando el tren se frena bruscamente, y me golpeteo en la cabeza, y luego en la nariz y la boca contra el marco de la ventana. Me sangran la nariz y la boca, la cabeza por suerte no. Tiene –la sangre– un sabor metálico, agrio, amargo, tórrido, desagradable. Voy corriendo al baño. Escupo en la pica la sangre, y me limpio las heridas, luego me lavo la cara. Vuelvo a mi sitio. El tren vuelve a parar. Hemos llegado en cuarenta minutos –que han dado para mucho– desde Southampton a Londres. Bajo del tren y me compro un bocadillo de salchichas por el cual me cobran dos libras esterlinas. Lo hago para engañar el hambre, puesto que no desayuné. Llego a la editorial. Me dispongo a entrar. Mientras lo pienso dejo que la lluvia repiqueteé sobre mis hombros. Está decidido, la suerte está echada. Esto no es un párrafo, y el resultado no es un punto y final.

MANUEL BURDIEL LÓPEZ


TARDES Y CARTAS

Vino criado en barrica y un cigarro encendido valían para pasar un buen rato. Oliver y Julio los dos individuos más misteriosos del café disfrutaban de una lluviosa tarde en la que los cristales empañados rebelaban una calle de aspecto solitario.

Al acabar con la primera copa, el hombre con el sombrero abombado pidió con un refinado acento francés al camarero, que le trajera no unas pastas, ni otro tipo de licor, sino una baraja de cartas. El camarero rebuscó entre los cajones del mostrador, tenía los bordes ennegrecidos, y en algunas de las cartas la tinta se había corrido hasta difuminar hasta por completo las figuras de estas.

El otro viril mezcló, barajó y cortó las cartas de manera excepcional y muy profesionalmente. La partida iba a empezar y el hombre el cual tenía en su poder las cartas se disponía a repartirlas, la suerte estaba echada, parecieron entrar en una especie de hipnotismo en el que los dos jugadores centraban las pupilas de sus ojos en las letras, números y figuras de las cartas.

La partida fue avanzando y los cigarrillos y las botellas fueron reponiendo. Los individuos fueron depositando las cartas usadas formando un mazo. El final de esa batalla silenciosa en la que ya hacía tiempo nadie había separado un labio del otro, estaba cerca. La última y decisiva mano de cartas para cada uno no tardaría en ser jugada y por fin averiguar quién se alzaba airoso. Las yemas de sus dedos ya gozaban del tacto de esas últimas cartas y los dos viriles se disponían a enseñarle a su oponente el resultado. Les dieron la vuelta, una pareja de ases y una escalera de color, el hombre de cabello grisáceo había obtenido la combinación más poderosa de ese juego.

Sin darle más importancia a los sucesos acontecidos durante esa tarde, ambos se estrecharon la mano y pidieron la cuenta. Pagaron a medias y salieron del local, se dedicaron unas palabras de despido y cada uno se fue hacia un extremo de la calle, con la certeza de encontrarse al día siguiente como desde hacía mucho, mucho tiempo.

 Alex Bardella Espuga


AMOR A PRIMERA VISTA

Tras una larga jornada de trabajo, estaba agotado. El tintineo de las máquinas de escribir resonaba entre las paredes de la larga habitación. Aquella tarde, habíamos tenido mucho ajetreo en la redacción debido a que los reporteros habían entregado las noticias demasiado tarde. Miré el reloj de la pared y vi que ya era bien entrada la noche. Esperé a Charles, que estaba acabando de recoger sus cosas del despacho. Salimos de la redacción exhaustos por aquel duro día. Caminamos por las calles de Londres. A Charles, se le ocurrió ir al Green King, oferta que no pude declinar.

Llegamos al pub irlandés, que sólo estaba a pocas manzanas del trabajo. Al entrar, un cálido ambiente londinense nos recibió. Nos sentamos en una mesa al lado de la ventana y pedimos algo para saciar nuestra sed. Charles llevaba una baraja de cartas y decidimos echar una partida.  Aquella, era una noche fría y seca, por lo que agradecí el calor del bar.

Durante unos instantes estuve observando el pub. Tenía una larga barra donde los más sedientos ahogaban su sed con frecuencia. Los camareros iban de un lado al otro, inquietos y ajetreados por la excesiva clientela de aquella noche. Más allá, la puerta se alzaba, imponente y solitaria debido al frío que se colaba por ella, como un ladrón escurridizo. Además, el pub estaba dispuesto de grandes vidrieras de colores diversos y luminosos.

Entre el humo procedente del tabaco, divisé una figura. Era la mujer más hermosa que mis ojos habían contemplado jamás. Su piel, blanca como la nieve. Sus labios, rojos como el carmín y como las rosas bajo la escarcha. Tenía una sonrisa afable, simpática, sincera y cariñosa. Tenía unos ojos azules y claros como el cielo, profundos como el mar y puros como los diamantes. Estaban cubiertos bajo unas tupidas pestañas. Irradiaban felicidad y se movían inquietos y entusiastas. Su pelo, dorado como el oro y la miel. Como el sol de la mañana, y trenzado de una forma peculiar. Durante un instante, nuestras miradas se cruzaron y me quedé embelesado ante tanta belleza. Me sonrió y se acercó a nuestra mesa.

– Disculpen, caballeros- dijo con melodiosa voz- ¿Serían tan amables de dejarme unirme a ustedes en esta interesante velada?
– Por supuesto- contesté. Me levanté y le aparté la silla para que se sentara.

La miré de nuevo y sus ojos me transmitieron agradecimiento.

Ella se sentó y abrió un cuaderno. Tenía la tapa de piel y estaba decorado con flores y encajes dorados. Se puso a dibujar. Varias veces le rogamos que nos mostrara su esbozo, pero ella se negó. Rato después, nos mostró, finalmente, su trabajo. En él aparecíamos dibujados Charles y yo jugando a las cartas, en aquella fría y seca noche de invierno en Londres.

Begoña Grau Puig

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