Recreaciones de “El Lazarillo de Tormes”

En las clases de Lengua Castellana y Literatura de 3º de ESO, hemos leído el Lazarillo de Tormes.

A través de la lectura de este clásico de la Literatura Universal, hemos reflexionado acerca de la importancia del cambio que implica la aparición de esta obra como inicio de la novela moderna europea.

Hemos destacado, además, las innovaciones en cuanto a técnicas narrativas, los rasgos que definen al pícaro y a la picaresca y hemos comentado los principales aspectos que abren camino a la culminación de la novela moderna con El Quijote de Miguel de Cervantes.

Teniendo en cuenta estos y otros aspectos, los alumnos han recreado algún pasaje del Lazarillo.

Queremos compartir con vosotros estas muestras. Como podéis comprobar, los clásicos siguen vivos, y motivan la inspiración y la creatividad de nuestros jóvenes.

 

 

Tratado II: El carpintero y su esposa

Después de arreglármelas para huir del ciego, camino durante varios días solo en busca de un nuevo dueño a quien servir.

Una noche, estaba acurrucado en una esquina de una pequeña plaza. Llovía y llovía, había relámpagos y truenos. Hacía un frío inaguantable; entonces apareció una sombra acercándose a mí.

-¿Qué haces ahí, renacuajo?- del frío no fui capaz de hablar y contestarle. El hombre extendió su brazo, ofreciendo su mano. Yo, tímido, estreché mi mano con la suya y me llevó por las calles. Poco después llegamos a una bonita casa que tenía un pequeño jardín. Entramos, y el hombre, amable, me preparó una taza de alguna bebida caliente. Me tumbó en un sofá, cubierto por una manta. Al segundo caí dormido. A la mañana siguiente la luz del sol me despertó, y al abrir los ojos, desorientado, me encontré con una hermosa mujer observándome.

-Hola, ¿cuál es tu nombre?- preguntó con una voz dulce.

-Lázaro- contesté.

-¿Tienes familia o casa?- volvió a hablar, y negué con la cabeza. Me sonrió y se fue a hablar con el hombre que me ayudó anoche.

-Siempre hemos querido tener hijos, pero no podíamos; este niño es un regalo de Dios- alcancé a oír. Pronto me anunciaron que podía quedarme en su humilde casa. Estuve allí varios meses, y fueron los mejores. Yo ayudaba al señor, porque él era carpintero. Construíamos pequeñas casas y muebles. Ambos me trataron como un hijo, y nunca me faltó nada. Me dieron de comer, me dieron una cama, un trabajo, ropa… Hasta que un día me reunieron en el dormitorio, ellos sentados en frente y con expresiones indescifrables para mí.

-Lázaro, me temo que tendrás que marcharte- habló apenado el hombre.- Nosotros no queremos eso, pero ya no tenemos mucho dinero, y por fin mi esposa está esperando un hijo, no podremos manteneros a ambos. Yo, obediente, recogí mis cosas, triste.

Antes de irme me dieron comida para mi trayecto.

-Adiós, pequeño- dijo la mujer mientras lágrimas corrían por sus mejillas. Y así comenzó mi partida; después de la dura despedida, empecé a deambular sin rumbo por las calles.

Carmen Valdelomar.


 

TRATADO Vlll

Cómo Lázaro y su mujer se asentaron en
la Casa Real y de lo que les sucedió allí

Como ya no podíamos aguantar al Arcipreste, decidimos irnos, y como Vuestra Merced sabe, acabamos sirviendo a la Familia Real. Mi mujer empezó a servir a Ana de Mendoza, y yo, a su marido, Ruy Gómez de Silva. Ella era la doncella, y nunca se separaba de su señora. Yo era el escudero de Ruy Gómez, cosa que siempre me hará recordar a mi tercer amo, el desgraciado escudero.

Iban pasando los meses, y la verdad es que éramos muy felices en la Casa Real. No sólo teníamos protección, comida y vestimenta, sino que además, nuestros respectivos amos eran muy agradables con nosotros. Y no sólo nuestros amos, también lo eran todos los demás criados, excepto una de las camareras, Laura, que le tenía envidia a mi mujer no sé el porqué.

Pero que nuestra felicidad durara tanto era raro; y no me equivocaba, ya que, a los tres meses de servicio, sucedió una tragedia. Misteriosamente, la corona de Ana de Mendoza había desaparecido, y como esa noche había un banquete, debíamos encontrarla inmediatamente. Obviamente, todos nos pusimos a buscarla, y la Guardia Real revisó e inspeccionó todos los rincones del palacio. Pero cuando nos tocó el turno de ser inspeccionados a mi mujer y a mí, hallaron en el baúl de las pertenencias de mi mujer la buscada corona. Yo no entendía nada, y por más que mi mujer jurara y perjurara que ella no había tocado dicha corona, no la creyeron y la llevaron frente a la reina. Pero para nuestra sorpresa, ella sí la creyó debido a la gran estima que le tenía. Así que nos mandó que investigáramos qué había pasado en realidad. Nosotros nos pusimos enseguida manos a la obra, y lo primero que debíamos hacer era inspeccionar muy bien el baúl de mi mujer. A simple vista parecía que no hubiera ninguna pista, y la cerradura no había sido forzada, pero mi mujer, que tiene una vista de lince, encontró en las bisagras del baúl un poco de harina y tomate, cosa que nos llevó a suponer que el culpable debía de ser alguien que trabajara en la cocina. De manera que nos fuimos a investigar allí, donde nos encontramos a Carlota, la cocinera real. Le preguntamos si en el día de hoy había faltado alguien. Ella nos respondió que sí, que una de las camareras, Laura, se había quedado descansando después de haberse mareado en la cocina. Después nos echó de allí, alegando que tenía mucho trabajo debido al banquete de esta noche, y debía terminar la empanada de tomate que Laura había dejado a medias. Al enterarnos de esta valiosa información, nos fuimos a la habitación de Laura a interrogarla. Después de preguntarle un rato sobre lo sucedido esta mañana, ella nos dijo que de dónde sacábamos que había sido ella, si en el baúl había harina y tomate de la empanada que estaba preparando Carlota. Al haber dicho esto, enmudeció, ya que se había dado cuenta de que se había descubierto a sí misma; y como veía que ya no le servía de nada seguir mintiendo, lo confesó todo.

Cuando la antigua doncella de la reina se fue, ella aspiraba a ese cargo, pero llegó mi mujer y le quitó el puesto, y ella tuvo que seguir siendo camarera. Pero hoy se le presentó la oportunidad para hacer que echaran a mi mujer; así que escondió la corona en el baúl y esperó a que la Guardia Real la encontrara, así echarían a mi mujer y ella podría ser la próxima doncella; pero es obvio que el plan no le salió bien. Así que después fue a hablar con la reina para confesarlo todo también a ella. Laura se temía lo peor, pero como Ana de Mendoza tiene un gran corazón, la perdonó y olvidó lo sucedido.

Después de este hecho, todos seguimos viviendo en paz, y ahora mismo seguimos sirviendo mi mujer y yo a la Familia Real.

Agnieszka Tabaka Santos


 

Cómo Lázaro se asentó con un rey, y de lo que le acaeció con él

Despedido del capellán, asenté con el mismísimo rey junto a otros muchos sirvientes. Sin saber por qué motivo me habían elegido a mí para servirle, pregunté a un muchacho. Éste me contó que el rey había elegido gente con un pasado difícil para dar buena imagen. En aquel momento, una frase que iba conmigo desde la infancia vino a mi mente: “Mejor parecer que ser”.
El caso es que yo era el que debía servirle vino al rey. No me quejaba de mi posición, ya que trabajar para la realeza suponía un gran logro y un cambio en mi posición social, pero el rey era caprichoso y, con tantos hombres y mujeres a su servicio, poca comida llegaba a mi boca. Al tener acceso a la despensa del castillo para elegir el vino, decidí hartarme de comida mientras nadie me viera. No tenía que preocuparme de que se dieran cuenta, porque tenían asuntos más importantes que tratar.
Entrando yo un día en la bodega, vi un vino de muy buen parecer. Tentado, me lo llevé a la boca y bebí. Como mucho tardaba yo en volver, vino a buscarme el asistente y consejero del rey, y al verme bebiendo, casi me encierra. Por suerte se me ocurrió decirle que era el catador real, y que era mi deber probar el vino antes de servirlo para comprobar que estaba en buen estado. Me creyeron, y cada vez que me veían, ponía la misma excusa. Hasta que un buen día, o mejor dicho, malo, se me antojó beber más de la cuenta, y mi estado no era el más decente. Cuando llegué ante el rey, iba a echar mano al argumento de catador, cuando llegó el verdadero catador real. Comprendieron mi ardid, pero el rey fue indulgente y me dejó marchar entero, ya que quería parecer piadoso. No por primera vez, ni por última, el parecer me salvó de un destino peor.

Helena Valentí


Tratado alternativo
(situado entre el tercero y el cuarto)

Habiendo ya salido de la casa del escudero, si así era justo llamarle, fui a parar con un farolero y aún por él hube de conoscer más desdicha pues, siendo un hombre acomodado y respetado por su oficio, era malo y no entendía más ocio que en el beber ni en nada gozaba más que con el sufrimiento ajeno.

En ganándose la vida, paseaba por las calles en la noche reponiendo las velas que conformaban el alumbrado público, y pienso que a mí solo me contrató por diversión suya, pues mi única obligación era soportar sus burlas y maltratos. Solía pegarme con un garrote corto de madera que llevaba siempre atado al cinturón y golpeábame con él por puro quehascer.

En el comer y en el vestir tampoco salía yo congratulado hacia él ya que durante mi estancia no olí más vestiduras que las mías raídas ni probé más bocado que una ración que constaba de media pera al día. Descubrí yo a mi espanto que no sufría a causa de la avaricia, que ya antes había experimentado, sino que mi mal nacía de su disfrute por verme con las carnes ahogadas y la cabeza en sangre.

Aún, pues, debo admitir que no fui santo con él y me valí de algunos recursos que no contaré ahora a vuestra Merced por mi beneficio.

No pasó un mes antes de que yo huyera, y me juré a mí y a mis maestros que no volvería a sufrir de tal manera.

Lucas Oliver Jané.

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